Las Expectativas y sus Abismos

Por : Mariana Carles

El día que conocí personalmente a Oliver, ya traía conmigo una carga emocional importante, además de ficticia, que no me dejaba pensar claramente.

Llevábamos meses hablándonos por mensajería de texto, y por videollamadas, en las que por su puesto sólo mostramos lo más bonito de cada uno. Éramos dos humanos completamente imperfectos cayéndose a medias mentiras, a través de una era digital perfecta.

En cada Skype lucía mi mejor maquillaje, usaba suéteres que cubrían mi cuello entero para que no notara, tan pronto, mi medio siglo recién cumplido, y trataba siempre de responderle sus llamadas cuando había buena luz a mi alrededor.

Si solo íbamos a chatear entonces me aseguraba de tener, o una computadora cerca, o al buscador de  Google activo para lucirme con mis respuestas de sabionda, erudita. Claro, luego de responderle, me aseguraba de estudiar sobre el tema, o al menos entender lo que había dicho, porque tanta mentira junta jamás podría sostenerla por mucho tiempo. Con el pasar de los días, las llamadas se iban tornando bastante más atrevidas, y no permitimos, incluso, tocarnos, aunque sin vernos.

Solo nos concentramos en el sonido del otro y en sentir, sentir hasta explotar de deseo, o por lo menos él, porque a mí, por lo general, no me daba tiempo. Igual no me importaba. En mi cabeza, Oliver era el hombre con quien quería estar y a quien había imaginado un trillón de veces junto a mí, besándome entera, celebrando cada momento hasta rompernos de risa, compartiendo mi casa o la suya, educando a sus hijos, y también a los nuestros por venir. Mi imaginario con él se extendía hasta los confines de la vejez, y todo sucedía en completa y absoluta armonía, ya que en esa proyección que mi cabeza había creado de él, no existían las diferencias.

Su carro se acercó a mi puerta. Mis pulsaciones se habían disparado a la estratosfera, mientras me preguntaba si notaría mis nervios. Se bajó. Era alto, demasiado alto para mi estatura. Me toco mirar al cielo para reconocer su cara, mientras nos dábamos un beso tímido. Luego, nos montamos en su carro y nos enfilamos hacia lo que sería nuestro propio abismo, ese que sientes cuando algo no encaja porque sabes que se te fue la mano creando una ilusión virtual.  Oliver no era lo que yo creía, y yo no era lo que Oliver quería.

Esa noche, después de que me dejó en casa, entendí que algo pasa con las pantallas que no logra mostrarte tal cual eres. Que el contacto físico es, si no indispensable, al menos necesario para siquiera considerar el sentirte atraído por alguien, porque el amor es química, y eso se produce cuando tienes a la persona enfrente, cuando puedes ver su piel, sus ojos, escuchar su risa y sus reacciones inmediatas. Lo demás es solo un juego macabro que sucede en tu cabeza, mientras imaginas miles de escenarios posibles que nada tienen que ver con la realidad, porque los hechos acontecen y se suceden, y no hay fuerza que obligue a que las cosas ocurran como nuestra imaginación espera.

Happyando con Mariana / Mariana Carles  / carlesmariana@gmail.com